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Leyenda del yaguareté

Ésta es una tradición que hunde sus raíces mucho más atrás de la conquista española. Más atrás, también, de la formación misma de la Nación Guaraní, porque expresa la necesidad del hombre (de todos los hombres) de entender y de aceptar su lado animal.

Por eso casi todas las culturas, (sobre todo, en las que tienen una fuerte comunión con la naturaleza) han aparecido y aparecen estas transformaciones de hombres en fieras y de fieras en hombres.

En nuestra América - desde México hasta el Río de la Plata- la fiera elegida ha sido siempre el jaguar, casi el único cazador que se atreve a competir frente a frente con el hombre, el mayor de los predadores. Porque el jaguar no es sólo la fuerza bruta burlada por la astucia del zorro. Es también el poderoso enemigo que asalta por sorpresa una víctima desprevenida, inferior en fuerza y frecuentemente indefensa; ni más ni menos que lo que hace un cazador o un guerrero. Y cazadores y guerreros siguieron siendo, a pesar del excelente desarrollo de su agricultura, los Guaraníes.

Quizás por todo esto la tradición del yaguareté-abá sigue tan viva también en las poblaciones criollas y mestizas que, alejadas de las grandes ciudades, habitaban las provincias Argentinas de Entre Ríos, Corrientes, Misiones y gran parte de la República del Paraguay.

Para los viejos pobladores - que aseguraban y aseguran conocerlo, y hasta haberlo visto- , el yaguareté-abá era siempre, o casi siempre, un indio viejo bautizado, ya hoombre de pocas fuerzas, que necesitaba convertirse en tigre para vengar alguna afrenta grave. Y así describían la forma en que lograba la transformación: En lugar solitario, preferentemente de noche y en medio del monte, el viejo echaba en el suelo un cuero de tigre y se revolcaba sobre él, de izquierda a derecha, rezando al mismo tiempo un credo al revés.

así recuperaba toda su potencia juvenil y animal y, convertido en fiera, estaba en condiciones de castigar a sus enemigos. Pero los muy conocedores agregaban algo más: Ese hombre transformado en el terrible felino no era exactamente igual que un jaguar, ya que tenía siempre la cola muy corta (era casi rabón) y carecía de pelos en la frente.

Para volver a la forma humana, el hombre-tigre debía repetir la misma ceremonia: Revolcarse otra vez en secreto sobre el cuero de yaguareté, pero ahora de derecha a izquierda, y recitando el credo tal como se lo habían enseñado de chico en la capilla del pueblo o misión.

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